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04 agosto 2015

La Entrada



“Cuando Jesús entró en Jericó, pasaba por la ciudad. Y un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los recaudadores de impuestos y era rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, ya que Zaqueo era de pequeña estatura. Corriendo delante, se subió a un árbol sicómoro y así lo podría ver, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí. Cuando Jesús llegó al lugar, miró hacia arriba y le dijo: ‘Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy debo quedarme en tu casa’. Entonces él se apresuró a descender y lo recibió con gozo. Al ver esto, todos murmuraban: ‘Ha ido a hospedarse con un hombre pecador’. Pero Zaqueo, puesto en pie, dijo a Jesús: ‘Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguien, se lo restituiré cuadruplicado’. ‘Hoy ha venido la salvación a esta casa’, le dijo Jesús, ‘ya que él también es hijo de Abraham; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido’” (Lucas 19:1-10 – NBLH).
            El Señor divisa a Zaqueo y declara que se quedará en casa de un “hombre pecador”. Lucas nos dice que Zaqueo recibió a Jesús con gozo, así que no le costó nada reparar sus maldades, no sólo devolviendo lo defraudado, sino yendo más allá (cuadruplicado) a lo exigido en la Ley judía (Éxodo 21:24-25). Zaqueo es el modelo de quien conoce el evangelio, y se despoja con prontitud de lo material, cuando su interior es transformado por la gracia, muy a pesar de quienes juzgan. Él no busca ser justificado por sus obras, sino que por sus buenas obras, demuestra la sinceridad de su fe y el arrepentimiento por la gracia de Dios.
            Para financiar su gran imperio mundial, los romanos cargaron de impuestos elevados a las naciones que estaban bajo su dominio. Los judíos se oponían a estos impuestos, porque servían para apoyar, entre otras cosas, el culto a los dioses romanos, pero aun así, estaban obligados a pagar. Los cobradores de impuestos eran las personas más impopulares en Israel. A los judíos por nacimiento que optaban trabajar para los romanos se les consideraba traidores. Además, por la reacción de la gente, se puede juzgar que Zaqueo fue, muy probablemente, un torcido publicano. A pesar de que Zaqueo era un traidor deshonesto para los judíos, el Señor lo amaba; y en respuesta esperada (Juan 10:27-28), el pequeño recaudador de impuestos, se arrepintió de sus pecados, y el arrepentimiento (según la Ley judía), siempre incluye restitución. La incomprensión de la muchedumbre no le importó al Señor, pues Su Propósito no era complacer a las masas, sino hacer la voluntad del Padre: anunciar el Reino de Dios (Lucas 10:1-9).
           
La palabra expresada por nuestro Señor Jesucristo en este pasaje, y traducida generalmente como “salvación”, es el término griego sotería, que denota liberación, preservación, salvación, y que puede ser traducido también como salud o libertad; en otras palabras: prosperidad en el sentido amplio de la palabra, es decir, bienestar general. En el Nuevo Pacto, la salvación es sólo la entrada a una nueva vida llena de la prosperidad que sólo el Reino de Dios puede traer, y que está por encima de cualquier dificultad que se pueda presentar en el camino. Esta prosperidad es proporcional a las decisiones acertadas tomadas en el cumplimiento de los planes de Dios para nosotros. Entonces, si nuestro mayor esfuerzo está en predicar para que la salvación de Dios se manifieste solamente, estamos siendo cortos de vista (2 Pedro 1:9-10), y sólo nos estamos quedando en la puerta de todo lo que comprende el Reino de Dios.
  Por último, el Señor declara que vino a buscar y a salvar “lo que se había perdido”. Esta traducción es bastante equilibrada, y, en opinión de una gran cantidad de teólogos: la más acertada. Algunas revisiones modernas de las Sagradas Escrituras, queriendo generalizar esta afirmación mesiánica (haciéndola más comprensible a la mayoría), han traducido en este versículo (v. 10): “a los que están perdidos”, “a la gente perdida”, “a los que viven alejados de Dios”, pudiendo ser aceptado, siempre que nos estemos refiriendo de manera general; no obstante, la palabra griega utilizada aquí (apólumi), traducida como “perdido” aparece precedida por el artículo neutro griego jo, que obviamente aquí es: “lo”. Si antes de apólumi, estuviese un pronombre o un sustantivo (como gente, por ejemplo), podríamos relacionarlo con éste, pero, no es así; por lo que, sin duda alguna, Cristo vino a buscar y salvar “lo perdido”. Ahora bien, la pregunta es: ¿Qué es lo que se había perdido, y que el Señor vino a buscar y a salvar (preservar)? Para responder a esta interrogante, me permito citar al hermano Myles Munroe en su libro “Redescubra el Reino” (p. 34):
“Cuando Dios creó al hombre… el primer mandato y tarea que le asignó fue el de ejercer ‘dominio’… tal como está registrado en Génesis 1:26-28… A Adán, el primer representante real del Reino de los cielos sobre la Tierra, le fue delegada la responsabilidad de servir como embajador del cielo en la Tierra… Al leer el reporte de Génesis 3, sobre el encuentro de la humanidad con el adversario, el diablo, vemos que el objetivo del ataque fue apartar al hombre del jardín y de la relación con Dios y con el cielo, lo cual dio como resultado la pérdida del Reino de los cielos sobre la Tierra”.
Recordemos siempre que Cristo no vino solamente a “salvar” a su pueblo, sino a restablecer un Reino; así que, no olvidemos que aún en los relatos más simples, puede haber verdades presentes del Nuevo Pacto, que podamos extraer. Oro para que no dejemos de escudriñar las Sagradas Escrituras… Amén!