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05 agosto 2016

¿Quién Necesita Liberación?



Jesús regresó a Galilea en el poder del Espíritu, y se extendió su fama por toda aquella región. Enseñaba con frecuencia en las sinagogas y todos lo elogiaban. Y fue a Nazaret, donde había sido criado, y en el día sábado entró en la sinagoga, y conforme a su costumbre se levantó a leer. Le dieron el libro (el rollo) del profeta Isaías, y abriendo el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del SEÑOR está sobre mí, porque me ha ungido para llevar la Buena Noticia a los pobres. Me ha enviado a proclamar que los cautivos serán liberados, que los ciegos verán, que los oprimidos serán puestos en libertad, y que ha llegado el tiempo del favor del SEÑOR. Jesús cerró el libro, lo devolvió al encargado y se sentó. Todos los que estaban en la sinagoga se quedaron mirándolo. Entonces Jesús les dijo: -Lo que acabo de leerles se ha cumplido hoy (Lucas 4:14-21).
     Está bastante claro que una de las particularidades que trajo consigo la venida de Jesús como hombre, fue la de proclamar la liberación de los cautivos. ¿Qué cautivos? Veamos lo que nos muestran las Escrituras:
“Jesús les dijo a los judíos que habían creído en él: –Si ustedes se mantienen fieles a mi palabra, serán de veras mis discípulos; conocerán la verdad, y la verdad los hará libres. Ellos le contestaron: –Nosotros somos descendientes de Abraham, y nunca hemos sido esclavos de nadie; ¿cómo dices tú que seremos libres? Jesús les dijo: –Les aseguro que todos los que pecan son esclavos del pecado. Un esclavo no pertenece para siempre a la familia; pero un hijo sí pertenece para siempre a la familia. Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes serán verdaderamente libres”         (Juan 8:31-36, Dios Habla Hoy).
     Ahora bien, Jesús se refirió a una libertad futura, porque aún no había sido crucificado, y no había resucitado. ¿Qué pasó cuando Jesús murió en la cruz, y resucitó de entre los muertos? La Palabra de Dios nos lo dice sin ambages:
“Sabemos que nuestro antiguo ser pecaminoso fue crucificado con Cristo para que el pecado perdiera su poder en nuestra vida. Ya no somos esclavos del pecado. Pues, cuando morimos con Cristo, fuimos liberados del poder del pecado   (Romanos 6:6-7 NTV).
     Asimismo, en otro pasaje que se refiere al sacrificio del Señor, se señala:
“… con una sola ofrenda [Cristo] hizo perfectos para siempre a los santificados. Así que, hermanos, teniendo confianza para entrar en el lugar santísimo por la sangre de Jesús, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo los corazones rociados, y así libres de mala conciencia…” (Hebreos 10:14, 19, 22 – Biblia Textual).
     La mentalidad religiosa y legalista presente en algunas congregaciones, ha tenido la osadía de obviar pasajes de las Escrituras como los que se mencionaron, llegando al punto de afirmar que una persona a la que se le ha revelado el evangelio, y que ha reconocido a Jesucristo como el Señor de su vida, aceptando su total redención, necesite liberación espiritual. Eso está en desacuerdo con lo expresado por el Señor a través de Su Palabra, pues es imposible que una persona que ha sido sellada con el Espíritu Santo       (Efesios 1:13; Romanos 8:9), y que ciertamente ha sido liberada totalmente del pecado, pueda estar “endemoniada”. Si tenemos a Cristo, no podemos tener ningún demonio, aunque es real que los ataques que se pueden recibir, están en la mente (2 Corintios 10:4-5), y son fácilmente detenidos por nuestra fe (Efesios 6:16).
     La persona a quien se le revela Cristo, es liberada espiritualmente del pecado, pero allí comienza un proceso mental de renovación, pues se encuentra con un dilema: Tiene una nueva naturaleza (2 Corintios 5:17), pero todavía tiene una mente acostumbrada a conducirse conforme a su antigua naturaleza. Por eso, es que necesitamos “nosotros” renovar nuestra forma de pensar (Romanos 12:2; Efesios 4:23), y eso se lleva a cabo a través de la comunión espiritual en nuestra intimidad con el Señor, así como cuando nos reunimos como iglesia para entrenarnos en la Palabra de Dios.
     Una persona nacida de nuevo que experimente “ataques”, que no le permitan dormir, por ejemplo, o que vea cosas “extrañas”, lo que demuestra es que necesita renovar su mente en una conciencia limpia, y no que necesita liberación, pues esa liberación se llevó a cabo cuando reconoció el sacrificio de Cristo por amor a nosotros. En casos similares, el creyente debe aferrarse a la Palabra de Dios, y con la autoridad que ya tiene como hijo de Dios, echar fuera todo pensamiento que no provenga del Señor, EN FE:
“En fin, hermanos, piensen en todo lo que es verdadero, noble, correcto, puro, hermoso y admirable. También piensen en lo que tiene alguna virtud, en lo que es digno de reconocimiento. Mantengan su mente ocupada en eso”.
Filipenses 4:8 – PDT

05 agosto 2015

La Entrada



“Cuando Jesús entró en Jericó, pasaba por la ciudad. Y un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de los recaudadores de impuestos y era rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, ya que Zaqueo era de pequeña estatura. Corriendo delante, se subió a un árbol sicómoro y así lo podría ver, porque Jesús estaba a punto de pasar por allí. Cuando Jesús llegó al lugar, miró hacia arriba y le dijo: ‘Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy debo quedarme en tu casa’. Entonces él se apresuró a descender y lo recibió con gozo. Al ver esto, todos murmuraban: ‘Ha ido a hospedarse con un hombre pecador’. Pero Zaqueo, puesto en pie, dijo a Jesús: ‘Señor, la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguien, se lo restituiré cuadruplicado’. ‘Hoy ha venido la salvación a esta casa’, le dijo Jesús, ‘ya que él también es hijo de Abraham; porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido’” (Lucas 19:1-10 – NBLH).
            El Señor divisa a Zaqueo y declara que se quedará en casa de un “hombre pecador”. Lucas nos dice que Zaqueo recibió a Jesús con gozo, así que no le costó nada reparar sus maldades, no sólo devolviendo lo defraudado, sino yendo más allá (cuadruplicado) a lo exigido en la Ley judía (Éxodo 21:24-25). Zaqueo es el modelo de quien conoce el evangelio, y se despoja con prontitud de lo material, cuando su interior es transformado por la gracia, muy a pesar de quienes juzgan. Él no busca ser justificado por sus obras, sino que por sus buenas obras, demuestra la sinceridad de su fe y el arrepentimiento por la gracia de Dios.
            Para financiar su gran imperio mundial, los romanos cargaron de impuestos elevados a las naciones que estaban bajo su dominio. Los judíos se oponían a estos impuestos, porque servían para apoyar, entre otras cosas, el culto a los dioses romanos, pero aun así, estaban obligados a pagar. Los cobradores de impuestos eran las personas más impopulares en Israel. A los judíos por nacimiento que optaban trabajar para los romanos se les consideraba traidores. Además, por la reacción de la gente, se puede juzgar que Zaqueo fue, muy probablemente, un torcido publicano. A pesar de que Zaqueo era un traidor deshonesto para los judíos, el Señor lo amaba; y en respuesta esperada (Juan 10:27-28), el pequeño recaudador de impuestos, se arrepintió de sus pecados, y el arrepentimiento (según la Ley judía), siempre incluye restitución. La incomprensión de la muchedumbre no le importó al Señor, pues Su Propósito no era complacer a las masas, sino hacer la voluntad del Padre: anunciar el Reino de Dios (Lucas 10:1-9).
           
La palabra expresada por nuestro Señor Jesucristo en este pasaje, y traducida generalmente como “salvación”, es el término griego sotería, que denota liberación, preservación, salvación, y que puede ser traducido también como salud o libertad; en otras palabras: prosperidad en el sentido amplio de la palabra, es decir, bienestar general. En el Nuevo Pacto, la salvación es sólo la entrada a una nueva vida llena de la prosperidad que sólo el Reino de Dios puede traer, y que está por encima de cualquier dificultad que se pueda presentar en el camino. Esta prosperidad es proporcional a las decisiones acertadas tomadas en el cumplimiento de los planes de Dios para nosotros. Entonces, si nuestro mayor esfuerzo está en predicar para que la salvación de Dios se manifieste solamente, estamos siendo cortos de vista (2 Pedro 1:9-10), y sólo nos estamos quedando en la puerta de todo lo que comprende el Reino de Dios.
  Por último, el Señor declara que vino a buscar y a salvar “lo que se había perdido”. Esta traducción es bastante equilibrada, y, en opinión de una gran cantidad de teólogos: la más acertada. Algunas revisiones modernas de las Sagradas Escrituras, queriendo generalizar esta afirmación mesiánica (haciéndola más comprensible a la mayoría), han traducido en este versículo (v. 10): “a los que están perdidos”, “a la gente perdida”, “a los que viven alejados de Dios”, pudiendo ser aceptado, siempre que nos estemos refiriendo de manera general; no obstante, la palabra griega utilizada aquí (apólumi), traducida como “perdido” aparece precedida por el artículo neutro griego jo, que obviamente aquí es: “lo”. Si antes de apólumi, estuviese un pronombre o un sustantivo (como gente, por ejemplo), podríamos relacionarlo con éste, pero, no es así; por lo que, sin duda alguna, Cristo vino a buscar y salvar “lo perdido”. Ahora bien, la pregunta es: ¿Qué es lo que se había perdido, y que el Señor vino a buscar y a salvar (preservar)? Para responder a esta interrogante, me permito citar al hermano Myles Munroe en su libro “Redescubra el Reino” (p. 34):
“Cuando Dios creó al hombre… el primer mandato y tarea que le asignó fue el de ejercer ‘dominio’… tal como está registrado en Génesis 1:26-28… A Adán, el primer representante real del Reino de los cielos sobre la Tierra, le fue delegada la responsabilidad de servir como embajador del cielo en la Tierra… Al leer el reporte de Génesis 3, sobre el encuentro de la humanidad con el adversario, el diablo, vemos que el objetivo del ataque fue apartar al hombre del jardín y de la relación con Dios y con el cielo, lo cual dio como resultado la pérdida del Reino de los cielos sobre la Tierra”.
Recordemos siempre que Cristo no vino solamente a “salvar” a su pueblo, sino a restablecer un Reino; así que, no olvidemos que aún en los relatos más simples, puede haber verdades presentes del Nuevo Pacto, que podamos extraer. Oro para que no dejemos de escudriñar las Sagradas Escrituras… Amén!        

25 julio 2015

Un Proverbio Futurista



“Una mirada radiante alegra el corazón, y las buenas noticias renuevan los huesos”.
Proverbios 15:30 (NVI)

Este proverbio deja claro que la luz (manifestada a través de ‘una mirada radiante’) alegra el corazón, pues ella (la luz) quita la incertidumbre en cuanto a nuestro caminar. De igual forma, las buenas noticias (símbolo del evangelio de Jesucristo) ‘renuevan los huesos’, lo cual ocurre cuando nacemos de nuevo en Cristo. En otras palabras, podemos decir lo siguiente:

Cuando recibimos el evangelio (buenas noticias), nacemos de nuevo (nuestros huesos son renovados: rejuvenecemos), y la luz en nuestras vidas (la Palabra de Dios) nos alegra el corazón eternamente.